
Una foto que ya hemos visto demasiadas veces
Hace poco, en el usual intercambio de idiomas en Oaxaca, alguien sacó su cámara para presumir su trabajo. Curioseamos, como se hace en estos espacios. Y ahí apareció, otra vez, una foto que aquí conocemos bien: alguien en situación vulnerable, capturado en el momento más incómodo de ver. La persona detrás de la cámara la llamó belleza, y remató con una frase que se ha vuelto casi un patrón: que le parecía hermoso porque "en Europa jamás vería a una niña pidiendo dinero en las calles."
No es la primera vez que escuchamos esa frase, ni una versión parecida de ella. Y ahí está el punto de esta nota: no se trata de señalar a alguien que solo quería tener un buen rato en su viaje y compartir lo que vio, con toda la buena intención del mundo. Se trata de algo que en Oaxaca se repite tanto, en tantos espacios distintos, que ya no se puede seguir tratando como una queja aislada.
Una conversación que dejó de ser aislada
En distintos espacios de Oaxaca —colectivos, foros, sobremesas— se repite la misma conversación: cómo funcionan los lugares más turísticos, para cierto tipo de visitante y cierto tipo de fotógrafo, como un lugar donde terminamos siendo objeto de estudio antes que sujeto de nuestra propia narrativa. No es una queja de una sola persona ni de una sola tarde.
La pregunta que vale la pena hacerse, cámara en mano y con ganas genuinas de documentar un viaje, no es qué tan bonita se ve la foto. Es: ¿a quién le sirve esta imagen cuando yo ya no esté aquí?
Esa pregunta tiene una respuesta contundente, y viene de la Sierra Norte de Oaxaca.
Quién es la fotógrafa que le ganó al mundo entero
Citlali Fabián es de Villa Hidalgo Yalálag, comunidad zapoteca de la Sierra Juárez, y hoy vive entre Londres y Oaxaca. Ha publicado en The New York Times, The Guardian y Los Angeles Times. Es exploradora de la National Geographic Society, becaria de Magnum Foundation y de la Fundación Bertha, y forma parte de colectivos como Women Photograph e Indigenous Photograph.
Este año se llevó el título más importante de uno de los certámenes de fotografía más grandes del planeta: Fotógrafa del Año 2026 en los Sony World Photography Awards, entre más de 430 mil imágenes de más de 200 países. El premio: 25 mil dólares, equipo Sony, y una exposición individual en la edición 2027. La serie que le valió el título se llama Bilha, Historias de mis hermanas, y ahora mismo se exhibe en la Somerset House de Londres.

Podría quedarse ahí la nota, como una más de "mexicana triunfa en el extranjero". Pero lo que hace que esto importe de verdad es cómo lo logró.
La técnica que un día sirvió para deshumanizar, ahora sirve para lo contrario
Fabián no dispara y corre. Trabaja con daguerrotipo y colodión húmedo, técnicas fotográficas del siglo XIX que pueden tomar hasta seis horas de exposición para un solo retrato. No hay foto robada posible en seis horas. Hay, necesariamente, consentimiento, tiempo compartido y una persona que sabe exactamente lo que está construyendo frente a la cámara, no una víctima capturada de paso.
Y aquí está el dato que le da la vuelta completa a la historia: esas mismas técnicas decimonónicas fueron, durante casi dos siglos, la herramienta favorita de la fotografía colonial y etnográfica para catalogar comunidades indígenas de medio mundo —reducirlas a un tipo de vestimenta, a un territorio, a un "otro" sin nombre propio. Fabián se topó de frente con eso durante una estancia en el archivo del museo George Eastman, en Rochester: ahí encontró retratos antiguos de mujeres de Yalálag, posiblemente parientes suyas, catalogadas sin identidad. Ese fue el momento en que decidió tomar la misma herramienta que un día sirvió para borrar a su gente, y usarla para devolverles el nombre.

Ella misma lo ha dicho sin adornos: como fotógrafos, no somos nada sin quienes acceden a ser retratados, y eso se olvida con demasiada frecuencia.
Bilha: el proyecto que no fue pensado para Londres
La serie que le ganó el premio retrata a ocho mujeres indígenas oaxaqueñas de distintas generaciones, entre ellas la lingüista Yasnaya Elena Aguilar, la saxofonista Malena Ríos y la cineasta Luna Marán, todas convertidas en referentes de resistencia desde campos completamente distintos: derecho, lingüística, música, cine, ecología. Cada retrato va acompañado de ilustraciones digitales hechas por la propia Citlali.



El plan original del proyecto no era una exposición en Somerset House. Era un libro, pensado para distribuirse gratis entre niñas oaxaqueñas, porque Fabián es consciente de que el acceso a una exposición internacional —o incluso a internet— sigue siendo un privilegio que la mayoría de esas niñas no tiene. Bilha no se hizo para que Europa mire con asombro a Oaxaca. Se hizo para que una niña de Yalálag se vea reflejada en alguien que llegó lejos sin dejar de ser de su pueblo.
La verdadera diferencia
Vuelvo a la foto del intercambio de idiomas. La distancia entre esa imagen y el trabajo de Citlali Fabián no está en la técnica ni en el tema. Está en la pregunta que cada quien se hizo antes de apretar el obturador. Uno vio vulnerabilidad y decidió que eso era estética, sin preguntarse qué le debía a la persona frente al lente. Ella se hace la pregunta contraria desde el primer segundo: qué le debo yo a esta persona, y cómo construyo esta imagen con ella, no sobre ella.

Ahí está la línea entre el arte y el porno miseria. No es técnica. Es de consentimiento, de tiempo compartido, y de a quién le sirve la imagen cuando el fotógrafo ya se fue.
Si te interesa profundizar, vale la pena leer la entrevista completa que le hizo National Geographic Historia, donde Fabián habla sobre por qué es urgente dejar atrás la imagen del indígena pobre y mal educado que la fotografía —y buena parte del periodismo de viajes— ha repetido durante generaciones.

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